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LA NEVADA
cuento corto
AUTOR: LESLIE BRYON.
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El hombre, delgado, de unos cuarenta años, se había sentado en la cama. Afuera el viento aullaba desconcertados alaridos contra los cristales de los dos rectangulares ventanales del cuarto.Minutos antes había escuchado como uno de los recién comprados toldos de aluminio se desprendía con gran estrépito en la planta baja. Encendió la lamparita de noche mientras atisbaba el incansable precipitar de la nieve contra las paredes, el techo y el patio trasero de la casa que pronto dejaría de constituir su pasado para convertirse en una mercancía mas en el mercado local de bienes raíces. Debe haber como dos metros de nieve, pensó en voz alta. El calentador central funcionaba a maxima capacidad. Observó el radio-reloj en la mesita de cabecera, desde que se había separado de la esposa no podía sobrepasar la meta de las tres de la manaña, resultaba irrelevante que practicara trotar hasta el agotamiento físico antes de cenar, ni las píldoras somníferas, ni siquiera la botella de scotch. Apenas dormía tres o cuatro horas para despertar sobresaltado por alguna pesadilla en la cual inexorablemente aparecía ella o alguna otra de las mujeres que había amado en el atolondrado deambular de los años.
La tempestad encontrabáse ahora en pleno apogeo. La casa adquirida hacía más de una década, cuando ambos comenzaron la labor de maestros, resistía el doble ataque del viento ártico y la gonía de la lenta desintegración. Se había levantado de la ancha cama tal como estaba, en calzoncillos y camiseta azules para llenarse un amplio vaso de Chivas Regal. De aquí a las diez tendré tiempo suficiente para eliminar cualquier rastro de alcohol. Total, enseñar durante tanto tiempo el mismo curso de Literatura Española tiene la ventaja de ma monotonía, la aburrida reiteración de los sempiternos datos año tras año. Bebía despacio de pie ante el pequeño marco dorado que abrazada la fotografía de sus dos hijos Leslie y Ralph. La hembra era ya una mujercita de quince años con una innata inteligencia para las ciencias aplicadas tal que era capaz de jugar con los complicadísimos programas que le había regalado el pasado verano para la computadora Apple. Ralph, el varón, acababa de cumplir diecisiete y era estrella en el equipo colegial de fútbol americano. Hacía varios meses que no los veía. Miriam se los había llevado a vivir a casa de los padres de ella en el soleado sur de la Florida, en donde había encontrado trabajo en una Escuela Media. Está loca, ¿qué demonios van a hacer esos dos niños en semejante condado repleto de haitianos y latinoamericanos? Le parecía cada vez que viajaba a Miami que abandonaba los Estados Unidos y penetraba en tierra de nadie, especie de zona tampón entre un planeta pletórico de riquezas y otro mundo empobrecido, un poco más al sur, a pocos minutos de vuelo. Aunque él mismo había nacido en la isla grande antes de que el loco del tabacón se hubiera apoderado de ella, sentía que una cosa era la cultura hispana, lo mejor de la raza, y otra el mundo híbrido que se había ido formando en las grandes ciudades. Nunca había tolerado la falta de urbanidad y la escasa educación de buena parte de los inmigrantes que se agolpaban en los barrios llamados latinos de Nueva York y Nueva Jersey. Mucho menos la jerigonza que los críos hablaban, esa etapa puente entre un castellano en olvido y un inglés pujante. Bueno, allá ellos. Yo tengo mis propios problemas. Debo encontrar comprador para la casa y mudarme a un estudio de soltero, más pequeño. En la calle, la nieve precipitándose sin ademán de parar. Vivir en una ciudad del nordeste tenía la desventaja de una virtual inmovilidad durante las fuertes nevadas de enero y febrero. Otro largo trago acabaría por desperezarlo del todo. Había depositado el vaso vacío sobre la mesita de noche para conectar la grabadora, la canción de moda que no se cansaba de oír, llenó todos los espacios libres de la habitación.
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Detuvo el aparato y apetró la tecla de retroceso. Escuchó la canción una y otra vez, entre sorbos de un nuevo vaso de bebida, hasta que el despertador dejó escapar la electrónica señal de las seis en punto de la mañana. es hora de comer algo. A pesar de todo, no había perdido el sentido de un respetable desayuno como principio de cada día de labor. Descendió despacio los escalones para no caerse pues empezaba a sentir los efectos de las horas de insomnio y alcohol. La casa era amplia, le dolía separarse de ella. Allí habían crecido sus hijos. La planta alta encerraba cuatro dormitorios, el matrimonial, que desde mediados de 1983 él había abandonado luego de una violenta trifulca a golpes con Miriam para ir a refugiarse a la alcoba de los huéspedes, al otro extremo del pasillo. Entre ambos quedaban los pintorescos y adornados cuartos de los chicos. Dos baños completaban la planta. En los bajos, a partir de la entrada principal, se desafiaban en sucesión la saleta,la amplia sala de estar, la espaciosa cocina abarrotad de complicados equipos electrodomésticos, y una alacena donde siempre e había almacenado todo lo imaginable, incluyendo la lavadora y secadora de ropas. La luz fría de la cocina había iluminado de repente el desorden que sólo una mano masculina podía imponer. Por doquier había restos de bolsas, envases vacíos de hojalata. Y el cubo de desperdicios rebosante de restos de comida. Hacía un mes que utilizaba cubiertos de material plástico, platos y copas desechables de cartón, cuando Miriam le hubo solicitado en forma descompuesta por teléfono primero, y días más tarde el pedante del abogado popr escrito, la vajilla de procelana francesa que ambos habían adquirido durante unas vacaciones en Europa. En un arrebato había embalado vajilla, cubiertos y cristalería y lo había remitido todo por expreso aéreo a la Florida. En otro cajón de madera junto a la fregadora automática se acumulaban diversos objetos de cocina y adornos que pensaba enviar a la ex para evitar otra asquerosa carta del insoportable abogado de ella. Encendió la cocinilla eléctrica colocando la sartén sobre ella, arrojó varias lonchas de tocineta y queso americano sobre el metal caliente, sobre los huevos no mezclados del todo, en informe masa medio blanca, medio amarilla. Se sirvió un vaso de jugo de naranja, mientras colocaba cuatro rebanadas de pan de trigo en la tostadora y esperó a que los huevos estuviesen cocinados. Lo sirvió todo, la masa de hyevos, tocino y queso derritido sobre un platillo de cartón. Y se sentó a comer zambullendo dos tostadas en las yemas de los huevos. No satisfecho, abrió la nevera y extrajo mantequilla y conserva de fresa, con las que se confeccionó un emparaedado. Una vez terminado, vertió agua en la cafetera automática. Le gustaba mucho el nombre de Míster Coffee con que la habían bautizado los fabricantes. Las tres tazas de café amargo acabaron por serenerlo. Eran las seis y media de la mañana. Ahora una ducha y a trabajar algo mientras cesa la tormenta. El timbre del teléfono sonó varias veces antes de que pudiera contestarlo.
--Entonces crees que el Decano suspenda las clases por el día de hoy. Gracias por avisarme, Harriet.
Un día encerrado entre la nieve y el vacío existente en la casa. Revisar los tests de los muchachos me tomará dos horas, ¿qué hago con el resto del tiempo: leer, oir música? ¿Hasta cuándo se puede continuar haciendo lo mismo? ¿Leer, recordar siempre una u otra mujer? Nuestras vidas caminan soldadas a la mujer de cada época: la novia de estudiante, la esposa de la adultez, la amante para combatir el tedio. Siempre igual, un eterno recorrido en círculo sin vislumbre de salida. Se había vestido con lo primero que había encontrado a mano, unos pantalones viejos y descoloridos, un jersey gris con el emblema de la Universidad, y unas zapatillas de las que utilizaba para correr por los bosques aledaños al vecindario. Quiso asomarse al exterior, pero el gélido aire que descendía vertiginoso del noroeste lo abligó a desistir de semejante idea. Miró a través de la ventana que daba al patio trasero. El tablón donde habían colocado años atrás la cesta de cuerdas trenzadas para jugar baloncesto semejaba un gigantesco cono de helado. A ratos, cuando la ausencia del hijo varón lo mortificaba hasta lo insoportable, solía pasarse horas lanzando el balón desde diversos ángulos como si con el ritmo de las tiradas libres exorcisara la indeseada ausencia del hijo adolescente. Al final de tanto ejercicio, cansado y sudoroso, retornaba a la cocina a mitigar la sed con una botella de cerveza fría o una naranjada Gatorade para recuperar las sales minerales gastadas en el sudor.
Los copos golpeaban sin compasión el ya blanquecino espacio alrededor de la casa. La vida blanca, sin capacidad vital. Vitalismo versus contemplación. Abandonarse a la meditación al estilo de cualquiera de las tantas filosofías orientales. El concepto de vida interior sin nada procedente del mundo material que enpozoñe la pureza del alma, propiedad del Supremo Hacedor, divagaba mientras observaba embobecido las partículas de hielo. Una tierna tristeza se había apoderado de él. No le importaba el fracaso con Miriam o quizás le importaba demasiado para enfrentarlo con valentía. Le preocupaba el tiempo perdido. Pensaba con los ojos bien abiertos sobre lo que había sido esa su vida en Cuba antes, ahora en Estados Unidos. Dióse cuenta que había existido marginado de él y que en lo adelante tendría que purgar ese error, en tanto se consideraba uno de los elegidos. Mi karma, murmuró despacio. Salió sin apurarse al patio dispuesto a entregarse a la bendición que el cielo otorgaba en profusión sobre el tranquilo mundo material.Lloró en silencio, sin lágrimas, conlos puños cerrados, descargando la tensión de los últimos meses, por el hijo amado, por la hija ausente, por los veinte años de vida familiar que desaparecían de su presente para quedar tan solo en viejas fotografías, en algún que otro sueño nocturno, o en las prístinas páginas de papel tiroteadas sobre la maquinilla de escribir un domingo de aburrimiento luego de tres o cuatro cervezas. La vida anterior no le pertenecía. En el aquí y ahora debía encontrarse a él, y a su razón de ser. La nevada cesó de pronto, mientras el sol dejaba escapar tímidos rayitos entre nubes que avanzaban formando figuras esponjosas impulsadas por un ligero viento juguetón. Y no sintió frío, ni calor al caer de rodillas en la nieve recitando entre dientes lo que parecía una plegaria. Cuando la policía pudo llegar por entre el metro y nedio de nieve a recoger el cadáver del hombre, el teléfono sonaba cansado con el prolongado timbre de la larga distancia.
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Regreso a casita.